Vista del corresponsal Eddy Canfur a CARE en Bolivia y Perú
 
 
Es otra madrugada que debo comenzar al alba para tomar un vuelo, esta vez es de Juliaca a Cuzco, donde mañana tomaré un tren que me lleve a Machu Picchu. Juliaca se encuentra aproximadamente a cuarenta minutos al norte de Puno, y en la medida que el sol se eleva sobre el Lago Titicaca, delibero sobre mis varios viajes por parajes del altiplano. Queda en mi mente la impresión de una agricultura en Bolivia y Perú que pareciera se hubiese congelado en el tiempo.
 
Durante el viaje apenas pude divisar alguna maquinaria que estuviese siendo utilizada, y frecuentemente me sentía como si estuviese viajando a través de una extraña versión latinoamericana del país de Thomas Hardy.

Según lo que me dice Rubén, existe una migración en masa de campesinos a las ciudades, y no es difícil el ver por qué – en el campo deben trabajar muy duro y ganar muy poco. Y según Lisa también hay otra migración, la de jóvenes y profesionales, quienes están abandonando al Perú del todo – debido a que, a pesar de que su economía crece, simplemente no existen suficientes oportunidades en el país. A menos, por supuesto, que uno tenga las conexiones correctas.

Hablando de conexiones, esta vez mi vuelo está a tiempo y no pasa mucho tiempo antes de que me encuentre en mi hotel, justo en el centro de Cuzco. Es así que - de pronto - estoy en la que alguna vez fue la capital de gran imperio Inca, el cual se extendía desde Ecuador al norte, hasta Chile en el sur, e incorporaba Bolivia y partes de Colombia y Argentina.

Dejo mi maleta en la habitación y entusiastamente me alejo del hotel y me dirijo a la estación San Pedro. Ansioso por comprar un boleto para el viaje de mañana a Machu Picchu antes de que se agoten (es el pico de la temporada alta) – de repente escucho pasos que se acercan a mí desde atrás. Inmediatamente me tenso en anticipación para el ataque – había sido advertido por todos que Cuzco es territorio del hampa – pero lo que recibo es un llamado de mi nombre, o por lo menos una versión del mismo. “¡Señor Canfor! ¡Señor Canfor!”. Me doy la vuelta, solo para observar como un joven muchacho está agitando sus brazos para que pare. Resulta que es el chofer del servicio de transporte que había contratado en Londres para que me recoja del aeropuerto. Pero me había olvidado completamente, y me había tomado un taxi. El joven, preocupado por mi paradero, se había dado la molestia de averiguar en qué hotel me estaba quedando, para asegurarse que esté bien. Le pido mil disculpas – y procedo a preocuparme cuando me dice – horrorizado – que bajo ningún motivo debería ir solo, a pie, a la estación de San Pedro, porque es una madriguera de asaltantes y ladrones esperando a que aparezcan turistas estúpidos como yo.

Me indica que, en vez de San Pedro, debo comprar mi boleto en la otra estación, la de Wanchac. Saca un mapa para turistas de la ciudad y me lo muestra, para luego diestramente sombrea con un lápiz la parte sur del papel. Todo lo que se encuentra en esta tercera parte de la ciudad, me explica, es peligroso. Incluso se ofrece a buscarme temprano a la mañana siguiente para llevarme a través d e la jungla de San Pedro para que tome mi tren. Luego de recibir otras recomendaciones lo dejo, avergonzado por mi tontería y sorprendido por lo cerca que estuve de caer.

 
   
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